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    SORTILEGIO

Una noche de sibilas y de brujos
y de gnomos y de trasgos y de magas;
una noche de sortílegas diabólicas;
una noche de perversas quirománticas,
y de todos los espasmos,
y de todas las eclampsias
y de horribles hechiceras epilépticas,
y de infames agoreras enigmáticas;
una noche de macabros aquelarres,
y de horrendas infernales algaradas
y de pactos, y de ritos, y de oráculos
y de todas las diabólicas vesanias,
por horrendos peñascales que blanquean,
a los rayos de una enferma luna pálida,
con la fiebre de la hembra, la celosa,
va delante de la vieja nigromántica.
Como sombras del abismo se detienen
a la orilla de rugiente catarata.

Es la hora de los ritos,
es la hora de las cábalas,
es la hora del horrible sortilegio,
es la hora del conjuro de las aguas.

La sortílega se inclina sobre ellas;
la celosa la contempla muda y pálida.
¡No está Dios en la celosa,
no está Dios en la sortílega satánica!

Sobre el lecho de las aguas espumantes
la agorera traza el signo de la cábala
murmurando la diabólica salmodia
con horrendas, con sacrílegas palabras:
¡Aah!... en las nieblas... ¡Aah!... en la espuma
¡Aah!... en los aires... ¡Aah!... en las aguas...
¡Aah!... en las brumas... ¡Aah!... en el tiempo.
¡Surge pronto!... ¡Surge y habla!

La agorera se detuvo contemplando
la corriente de la linfa como estática.
—¿No veis nada? —murmuraba la celosa.
—¡No veo nada!... ¡No veo nada!...
¡Aah!... en las nieblas... ¡Aah!... en la espuma
¡Aah!... en los aires... ¡Aah!... en las aguas...

Y quedóse de repente muda y quieta
la espantosa nigromántica,
—¿No veis nada? —murmuraba la celosa
con la fiebre de la hembra en la mirada—.
¿No veis nada? —repetía.
—Sí..., ya veo..., Espera..., calla...
Una joven en un lecho suspirando
por el hombre a quien espera enamorada.
¡Oh, qué hermosa!... Tiene el seno descubierto.
—¿Y sabéis cómo se llama?

—Pues se llama...
¡Aah!... en las nieblas... ¡Aah!... en la espuma.
¡Aah!... su nombre... ¡Mariana!

La celosa dio un gemido horripilante,
—sigue viendo..., sigue viendo... —murmuraba.

Ahora un hombre enamorado
se le acerca... Ella lo llama...
—¿Con qué nombre?
—No lo entiendo.
—¿Con qué nombre?
—Espera y calla.
¡Aah!... en las nieblas... ¡Aah!... en la espuma.
¡Aah!... en los aires... ¡Aah!... en las aguas...
Con el nombre de Fernando lo ha llamado,
y él la dice que la ama...

—¡Que la ama!...
La celosa llenó el aire con los timbres
de una horrenda desgarrante carcajada
y acercándose a los bordes del abismo
se arrojó tras el infierno de las aguas.

Que las brujas la llevaron una noche
las comadres de la aldea murmuraban,
y era cierto... y era cierto
¡Que lo dijo la perversa nigromántica!

autógrafo

José María Gabriel y Galán


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