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    NOCTURNO MONTAÑÉS

(A J. Neira Cancela)

El oro del crepúsculo
se va tomando plata,
y detrás de los abismos que limita
con perfiles ondulantes la montaña,
va acostándose la tarde fatigosa
precursora de una virgen noche cálida,
una noche de opulencias enervantes
y de místicas ternuras abismáticas,
una noche de lujurias en la tierra
por alientos de los cielos depuradas,
una noche de deleites del sentido
depurado por los ósculos del alma...
A ocaso baja el día
rodando en oleadas
y los ruidos de los hombres y las aves,
a medida que el crepúsculo se apaga,
va cayendo mansamente en el abismo
del silencio que de música empapa.

Las penumbras de los valles misteriosos
van en ondas esfumando las gargantas,
van en ondas esfumando las colinas,
van en ondas escalando las montañas;
y el errático murciélago nervioso
raudo cruza, raudo sube, raudo baja,
con revuelo laberíntico rayando
las purezas del crepúsculo de plata.
Con regio andar solemne
la noche se adelanta,
y en el lienzo de los cielos infinitos,
y en las selvas de las tierras perfumadas,
van surgiendo las estrellas titilantes,
van surgiendo las luciérnagas fantásticas.

Lentamente, como alientos misteriosos,
de los senos de los bosques se levantan
brisas frescas que estremecen el paisaje
con el roce de las puntas de sus alas,
preludiando rumorosas en las frondas
las nocturnas melancólicas tonadas,
la que vibran los pinares resinosos,
la que zumban las robledas solitarias,
la que hojean los maizales susurrantes,
la que arrullan las olientes pomaradas...
y aquella más poética
que suena en las entrañas,
la que viene sin saber de donde viene,
la que suena sin sonoras asonancias,
¡la que arranca la divina poesía
de las fibras más vibrantes de las almas!

De los coros rumorosos de la noche,
de los senos de las flores fecundadas,
al sentido vienen músicas que engríen,
al sentido vienen poemas que embriagan....
es la hora de los grandes embelesos,
es la hora de las dulces remembranzas,
es la hora de los éxtasis sabrosos
que aproximan la visión paradisíaca,
es la hora de los cálidos amores
de los hijos, de la esposa y de la Patria...
¡El momento más fecundo de la carne
y el momento más fecundo de las almas!
Tendido en lecho húmedo
de hierbas aromáticas,
he bebido la ambrosía de la noche
sobre el lomo de la céltica montaña.

Más arriba, los luceros de diamantes;
más arriba, las estrellas plateadas;
más arriba, las inmensas nebulosas
infinitas, melancólicas, arcanas...;
más arriba, Dios y el éter...; más arriba,

Dios a solas en la gloria con las almas....
¡con las almas de los buenos que la tierra
fecundaron con regueros de sus lágrimas!

Más abajo, las robledas sonorosas;
más abajo las luciérnagas fantásticas;
más abajo, los dormidos caseríos;
más abajo, las riberas arrulladas
por el coro de bichuelos estivales,
por el himno ronco y fresco de las aguas,
por el sordo rebullir de los silencios
que parece el alentar de las montañas...
Los hombres todos duermen,
las horas solas pasan,
y ahora, salen mis secretos sentimientos
del encierro perennal de mis entrañas,
y ahora salen mis recónditas ideas
a esparcirse en las regiones dilatadas
donde el choque con los hombres no las hiere,
donde el roce con los fangos no las mancha,
donde juegan, donde ríen, donde lloran,
donde sienten, donde estudian, donde aman...
Ellas pueblan los abismos de los cielos
y en efluvios sutilísimos se bañan,
ellas oyen el silencio de los mundos,
ellas miden sus grandezas soberanas,
ellas suben y temblando se aproximan
a las puertas diamantinas de un alcázar,
y algo entienden de una música distante
que estremece, que embelesa, que embriaga,
y algo sienten de una atmósfera sin peso
que parece delicioso lecho de almas...
¡Oh nostalgias del espíritu que ha visto
los linderos aún sellados de su patria!
¡Oh grandezas de las noches religiosas
que aproximan las divinas lontananzas!

Se asoma blanca y tímida
la dulce madrugada;
palidecen las estrellas del Oriente
y se enfrían los alientos de las auras,
se recogen los misterios de la noche,
las luciérnagas suavísimas se apagan
y los libres sueños amplios de mi mente
se repliegan en la cárcel de mi alma...

Y honda y queda en sus arrullos iniciales,
y habladora cuando el mundo se levanta,
y opulenta en las severas plenitudes
de su música de oro y rica casta,
se derrama por los campos
la canción de la mañana.

autógrafo

José María Gabriel y Galán


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