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    TRENO

Tengo el alma serena
para toda amenaza de catástrofe;
la tengo muda y sorda
para voces de amores que me llamen;
la tengo seria como un campo yermo;
quieta la tengo como aquel cadáver
de quien yo no creí que fuese tierra
porque era el de mi madre.

El que ve lo que vi cuando era mozo
que amor disuelto apellidé a la sangre
y eterno soñé al tiempo
para besar la frente de la imagen,
¿qué puede ver que le sacuda el alma
ni al cuerpo un grito de dolor le arranque?

Rayo de la tormenta:
podrás romperme pero no espantarme;
volcán rugiente que escupiendo fuego
me enseñas el abismo de tu cráter;
sierra que te derrumbas
y ante las puertas de mi casa caes;
río que te desbordas
y azotas de mi casa los umbrales;
huracán que su techo le arrebatas;
muerte que rondas mi olvidada calle...
¡qué pequeños sois todos, qué pequeños,
y mi dolor qué grande!

Y vosotros también, hombres perversos,
que me herís con salivas el semblante;
y vosotros también, hombres amigos
que a la vida feliz queréis tomarme
con la ambrosía de la humana gloria,
miel al beber y al digerir vinagre...,
me herís los unos con estéril saña,
porque herís a un cadáver;
lucháis los otros con afán estéril
porque nadie logró que el mundo hable.

Sólo podrá moverme,
desde la noche de la gran catástrofe,
la voz de Dios gritándome: «¡Hijo! ¡Hijo!
¡Respóndele a tu padre!»

autógrafo

José María Gabriel y Galán


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