¡AVE CÉSAR!
Herido voy, herido; no me alienta
la muchedumbre que en el circo clama,
y entona canto a la verde rama
que allí en a sien del vencedor se ostenta.
La misma multitud es la que afrenta
al que en la lucha desigual, se inflama,
y al fin sucumbe, sin honor ni fama,
la espada rota y la cerviz sangrienta.
Yo entré a la lid intrépido y gozoso.
“Los muertos te saludan”, dije al mundo.
Miré a las fieras; me sentí coloso:
luché; me hirió la duda en lo profundo,
y entre el polvo del carro victorioso,
ya ruedo por la arena, moribundo.
Luis G. Urbina