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      VOCACIÓN

¡Quién fuera como él! Su edad primera,
gentil proemio de su vida entera,
fue un idilio inocente
de místicos amores
que a la virtud abrieron su alma ardiente
como a la luz del sol abren las flores.

¡Hermosa infancia aquella!
Canto sublime de la fe naciente,
áureo reinado de la Aurora bella
del alma de un creyente
que en la noche del mundo es una estrella.

Como otros niños, con afán distinto,
amenizan sus juegos y recreos
con guerreros trofeos
y empresas militares
que les enseña a fabricar su instinto,
el niño aquel, sincero, de seguro,
construía minúsculos altares
de su pobre casita en el recinto.

Y en el silencio del rincón oscuro,
pobre templo que abría la inocencia
al culto mudo del amor más puro,
vagamente sentido en la conciencia,
pasaba el niño las mejores horas
de la edad más feliz de la existencia.

Aquel era su juego, su alegría,
su gloria, su poema, su tesoro,
el deleite más hondo que sentía
y el más hermoso de los sueños de oro
que le pudo fingir la fantasía.

Dios era bueno, y grande, y poderoso,
y de los niños huérfanos el Padre
más tierno y amoroso...
¡Se lo oía decir él a su madre
cuando ésta hablaba del perdido esposo!

Dios había hecho el mundo
con todas las grandezas que tenía
por amor a los hombres solamente.
Un amor tan inmenso, tan profundo,
que, sobre el mundo que creado había,
pidió cosa más bella,
no fugaz como aquel, no transitoria...
¡Y creó Dios la gloria
tan solo porque el hombre fuera a ella!
En ella estaba Dios, de bondad lleno
y había que adorarle por ser bueno.

A esto se reducía
la incompleta, la noble Teología
del pequeño creyente
que a solas en su templo meditando,
más que un niño que piensa parecía
un extático orando...

La honda emoción ardiente y misteriosa
de su precoz adoración piadosa,
dulcemente le ataba
al altar de cartón de sus amores,
que a falta de riquísimos primores,
el pobre «sacerdote» engalanaba
con las del prado pequeñuelas flores.

Allí adoraba a Dios, allí soñaba
con vagas efusiones inefables
que el alma entrevía
en una misteriosa lejanía
de dulzuras sin fin inenarrables.

La emoción religiosa
de su infantil contemplación piadosa,
algo difusa aún, algo incoherente,
en momentos de dicha misteriosa
llegaba a herir su corazón ardiente:
y entonces abstraído, arrebatado,
cual sublime vidente
que oye la voz con que el Señor le ha hablado,
como una estatua del amor que espera
la total plenitud del bien amado;
cual tierna alegoría refulgente
del alma enamorada
que su vuelo al tender buscaba Oriente
para lanzarse recta y de repente
a la región de la feliz morada;
como el santo que en éxtasis adora,
como asceta que ora,
como un arcángel que tendiera el vuelo
desde la tierra a la mansión del cielo,
así el niño quedaba
en sus raros momentos de desmayo;
y cuando el puro, el encendido rayo
de aquel amor de fuego se alejaba,
su alma sensible se quedaba fría,
muda, yerta, vacía...,
y el pobre niño, sin querer, lloraba
con hondo sentimiento
que su pobre razón no definía...
¡La nostalgia del bien es gran tormento!

Vagas como la pálida neblina
que empaña un rato la gentil mañana
hasta que en breve la disipa luego
luz del ardiente sol, luz argentina
que el mundo inunda con su luz de fuego,
así su caridad, su fe prístina,
sus vagas concepciones religiosas
iban cristalizando
en regiones más puras y radiosas
que Dios iba delante despejando.
Y así como el imán busca el acero,
cual van los ríos a la mar buscando,
su alma, su corazón, su ser entero
se alzó sobre su fe buscando oriente,
y sereno después partió ligero
hacia su centro natural sumiso:
a la iglesia de Dios, al sacerdocio,
y al martirio tras él, si era preciso.

Honra y consuelo de su madre amante,
que jamás concibió dichas mayores;
espejo de modestia y santo celo,
orgullo de sus sabios profesores,
gloria de su colegio, fiel modelo
de sencilla humildad, noble y sincera...
todo eso y algo más, el joven era.
Ya entonces meditaba, preocupado
de más seria manera,
que si por él fue un Dios crucificado,
morir él por su Dios bien poco era.
Y en el santo delirio
de su fiebre de amor, que era una hoguera,
soñaba que el final de su carrera
iba a ser el principio del martirio.

Yo no sé si lo fue. Por vez postrera
vile el solemne día
de su misa primera,
que yo a su lado oía...

El niño soñador era ya hombre:
un hombre que tenía
la fe tan pura y tan serena el alma
como si fuera niño todavía.

Ya estaba allí lo que anhelaba tanto;
lo que asustaba a la humildad ahora...
ya estaba ungido con el óleo santo;.
¡que viniera el martirio a cualquier hora!

Centenares de luces titilaban,
el oro del altar resplandecía,
las trompetas del órgano arrojaban
raudales de armonía,
y los fieles oraban
y el humo del incienso trascendía,
y una tropa de arcángeles dorados,
bellísimos, magníficos, alados,
que el Divino tesoro
del rico tabernáculo guardaban,
al fulgor de las luces que oscilaban
parecían batir sus alas de oro.

Con el santo temor de alma creyente
que el hálito de Dios siente cercano,
subió el misacantano
las gradas del altar resplandeciente.
«¡Ese sí que es altar!», dijo a mi oído
el eco amortiguado
de la voz de un recuerdo no perdido...
Y al ver al sacerdote allí postrado,
con su rica, sagrada vestidura
de la propia blancura del armiño,
me acordé con tristísima dulzura
de su altar de cartón cuando era niño,
y me hirió en las entrañas la ternura
del idilio inocente recordado
que yo mismo veía
en poema magnífico trocado.

Llegó al fin el momento
del sublime misterio: el celebrante
se inclinó y consagró, fijo y atento:
los ojos de su fe vieron delante
el divino portento
que ofuscó, que cegó su pensamiento;
y pálido, con miedo, vacilante,
con toda el alma en el misterio hundida,
con el santo terror de la criatura
que ve su pequeñez engrandecida
y elevada por Dios a aquella altura;
como rendido al infinito peso
de aquel divino y amoroso exceso;
con el alma anegada
en un mar de ternura dolorosa
e implorando la ayuda poderosa
de la bondad de Dios, nunca agotada,
pudo elevar, con mano temblorosa,
la Hostia consagrada...

Yo adoré de hinojos
con el pueblo postrado:
y el solemne momento ya pasado,
al levantar los ojos
y ver al sacerdote reposado
y en tranquila actitud, como si orara,
vi también otra cosa...
vi caer una lágrima amorosa
sobre el paño blanquísimo del ara...

autógrafo

José María Gabriel y Galán


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