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      ANA MARÍA

  (Fragmentos de un poema)

                        I

          La primavera

Una alondra feliz del pardo suelo,
fue la primera en presentir al día,
y loca de alegría,
al cielo azul enderezando el vuelo,
contábaselo al campo, que aún dormía.

Celosa codorniz, madrugadora,
dijo tres veces que la bella aurora
se avecinaba con amable prisa:
del lado del Oriente
vino una fresca misteriosa brisa,
con las alas cargadas de relente,
y aun en sagrada oscuridad envueltas
las hojas de los árboles sonaron
dulcemente revueltas,
las mieses ondearon,
y de los senos de la tierra helada
surgió, vivificante,
el húmedo perfume penetrante
que solo sabe dar la madrugada.

¡Cuán bien se disponía
Naturaleza a recibir el día!
La línea pura del albor naciente,
vaga primicia grata
del de la luz fecundador tesoro,
primero fue de plata,
más tarde de oro,
después encendidísima escarlata,
roja amapola, y luego
cegador, chispeante, ardiente fuego.

En medio de la lumbre
que derretía el encendido Oriente,
sobre el perfil de la elevada cumbre,
el sol triunfante levantó la frente...
y a la puerta feliz de la alquería
asomó al mismo tiempo Ana María.
¡Gran Dios, bendito seas!
¡Qué soles, Dios de amor, qué soles creas!

                        II

          Ave María

¿Por qué tan madrugadora
la rosa de la alquería?
Porque es una labradora
castiza y trabajadora
que siente pequeño al día.

¿Por qué tan pronto romper
del mañanero dormir
y del soñar el placer?
Porque dormir no es vivir
y soñar no es proveer.

Porque sabe que conviene,
como le enseña su madre,
mirar al tiempo que viene...
¡Por eso tiene su padre
la buena hacienda que tiene!

Tiene en la alegre alquería
labor y ganadería,
con pastos siempre sobrados;
huertos en la Alberguería,
y en Hondura casa y prados;

y de su padre heredadas,
y en su gente vinculadas,
puede en la Armuña contar
con cuatro o cinco yugadas
de tierras de pan llevar,

y, estimulante más grato,
corren añejas hablillas
diciendo, no sin recato,
que tiene zurrón de gato
lleno de onzas amarillas.

Y aun dice la gente a coro
que son su hacienda y su oro
cosas de menos valía
que aquel divino tesoro
de su hermosa Ana María.

¡Y dice verdad la gente!
Pues ¿quién como esta doncella
promete vida tan bella
cual la del nido caliente
que del hogar hará ella?

Del monte en el mundo estrecho
túvola Dios que poner,
porque paloma la ha hecho.
No tiene hiel en el pecho,
¿cómo ha de darla a beber?

Dará bálsamos calmantes,
hondas ternuras sedantes,
cosas del alma sin nombres...
¡Lo que buscamos los hombres
del grave vivir amantes!

Natura le dio belleza;
su madre le dio ternuras;
su padre, viril nobleza,
y Dios la humilde grandeza
que tienen las almas puras.

Los rayos del sol, fogosos,
cetrina su tez pusieron,
y los aires olorosos
de los montes carrascosos
la sangre le enriquecieron.

Diole el trabajo soltura;
la juventud, bizarría;
el buen ejemplo, cordura;
la sencillez, alegría,
y la honestidad, frescura.

Con generosa largueza,
Natura le dio riqueza
de sustancioso saber.
¿Qué enseña Naturaleza
que no se deba aprender?

Que la abeja es laboriosa,
que la tórtola es sencilla,
que la hormiga es hacendosa;
que se esconde, que no brilla
la violeta pudorosa...

Que las aves hacen nidos,
siempre solos y escondidos
en los senos de la fronda,
porque no es la dicha honda
buena amiga de los ruidos;

que los ríos y las fuentes
tienen aguas transparentes
cuando corren muy serenas...,
que son limpias las arenas
y son mansas las corrientes;

y de aquella golondrina
que ha anidado en la campana
de la rústica cocina,
se despierta alegre y trina
cuando apunta la mañana.

Que las corderas vehementes
que se apartan imprudentes
de las madres clamorosas,
morirán entre los dientes
de famélicas raposas.

Eso Natura enseñaba
y eso la moza aprendía.
Quien era mozo soñaba,
yo era poeta y cantaba,
Dios es bueno y bendecía.

                        III

          Los amores

Así miraban los mozos
la alquería solitaria
como su cueva el avaro,
como el sediento las aguas,
como el labriego su siembra,
como el cabrero sus cabras,
como los santos la gloria,
como sus dichas el alma.
En vano mandó emisarios
el mozo aquel de Villalba,
que tiene buena presencia,
buena hijuela y buena fama.
En vano mandó memorias,
por boca de un viejo guarda,
Tomás, el de Moraleja,
que ha de disfrutar mañana
su buena montaracía,
su no pequeña senara,
sus buenas yeguas de vientre,
su buena punta de vacas.
En vano, como los otros,
mandó después una carta
por medio de una pavera
que está en la dehesa rayana,
José Manuel, el de Fresno,
hijo de gente muy sana,
vividor como una oruga
y muy metido en su casa.
En vano aquel estudiante
que estudiaba en Salamanca
y a holgar iba en los estíos
a la solariega casa,
llegaba hasta la alquería
contando azares de caza
que lo llevaban rendido
buscando descanso y agua,
y algo más que Ana María
discretamente callaba.
Tampoco era el elegido
Manuel Andrés, el de Navas,
aquel que yendo a la aceña
perdió una jornada larga
para que viera la moza
pasar por ante su casa
cuatro parejas de bueyes
que daba gusto mirarlas,
con dorados esquilones
y melenas coloradas;
cuatro carros muy galanos,
llevando la rica carga
de cien fanegas de trigo
para el consumo de casa;
costales nuevos, de estopa
como la nieve de blanca,
escriños y sacas nuevas,
alforjas abarrotadas
y el amo llevando el carro
que iba rompiendo la marcha.
Todo lo vio Ana María,
que estaba fuera de casa
tendiendo al sol unas telas
como la nieve de blancas,
y, ni amorosa ni esquiva,
cuando llegó a saludarla,
al majo mozo engreído
le dijo en tono de hermana:
«Hijo, tienes unas yuntas
que da contento mirarlas.
Así quisiera las nuestras,
pero mi padre me salta
con que las carnes que sobran
son garrobitas que faltan.»
Como este mozo pasaron
por la afortunada casa
mozos de toda la Huebra,
mozos de tierra de Alba,
madres de mozos huraños,
gañanes con embajadas,
comadres con panegíricos,
parientes con esperanzas...
Mas cuando llegaba el caso
de dar la respuesta ansiada,
marchábase Ana María,
su padre no contestaba,
y sola la pobre madre
henchir algo procuraba
la alforja a los emisarios
con semejantes palabras:
«Que se agradece el acuerdo;
que la familia es honrada;
que el mozo, si sale a ella,
será un hombre de su casa;
pero que ahora es una niña
sin reflexión la muchacha,
y hay que dejar que se críe,
que es mucho lo que hace falta
para enseñarle a una hija
a ser mujer de su casa.»
Y así pasaban los meses,
y así los años pasaban,
y un vaquerillo que antaño
sirviendo estuvo en Arlanza
y hogaño estaba en Olmedo,
trajo de Olmedo una carta
que recibió Ana María
y abrió su madre en la sala,
que no es la cocina sitio
para secretos de casa.
Y así la carta decía
con letras muy retocadas,
y así, dos meses más tarde,
la moza le contestaba:

    LAS CARTAS

                            1

«Apreciable Ana María:
Me alegraré que te halles
al recibo de estas letras
que te dirige tu amante,
tan bien como yo deseo,
en compañía de tus padres,
pues yo estoy bueno, a Dios gracias,
pa lo que gustes mandarme.
Pues sabrás, Ana María,
que el motivo de mandarte
por el dador esta esquela,
es porque dice mi madre
que antes de dir a tu casa
debo de manifestarte
las intenciones que tengo
determinao de expresarte,
y son el tratar contigo,
si son gustosos tus padres,
y si tú también lo eres
como este tu fino amante.
Pues el motivo de ello
sabrás que es el de apreciarte
y el de casarme contigo,
si no encontraras achaques
que ponerle a mi persona,
como tampoco a mis padres.
Pues sabrás que a mí me corre
bastante prisa el casarme,
por causa de que mi hermana
por mí tiene que esperarse,
y el novio le mete prisa
por mor de no tener madre.
Pues sabrás que yo deseo
que, cuantis puedas, me mandes
a decir el resultado
de si todos sois gustantes,
pues el saber que me quieres
será un alegrón bien grande,
pues sabrás que yo te quiero
ya hace tres años cabales,
y por ser uno algo corto
pues no te lo he dicho antes.
Sin más, les darás memorias
a tu padre y a tu madre,
y tú recibes el alma
y el corazón de tu amante,
que te aprecia y que lo es,
Juan Manuel Sánchez y Sánchez».

                            2

«Apreciable Juan Manuel:
Me alegraré que recibas
la presente disfrutando
de igual salud que la mía,
en compaña de tus padres
y de la demás familia.
Pues sabrás por la presente
que recibí hace tres días
la esquela que me mandaste
diciéndome que te escriba
mandándote el resultao
de lo que en ella decías.
Pues sabrás que se lo dije,
a mis padres en seguida,
lo cual les ha parecido
que vienes con mucha prisa,
y dicen que yo no tengo
prisas ninguna hoy día.
Pues sabrás por la presente
lo mucho que te se estima
el acuerdo que has tenido
y el decir que a mí me escribas
con licencia de tus padres
y de toda la familia.
Pues de aquello que tú quieres
el resultao en seguida,
sabrás que no hemos pensao
el asunto entodavía;
por lo cual no puedo ahora
darte entrada ni salida;
pero si vas a Cabrera
quizás allí te lo diga,
porque hemos determinao
de dir hogaño a la misa
que va mi padre, a motivo
de ser de la cofradía.
Sin más, les darás memorias,
de parte de mi familia,
a tu padre y a tu madre,
y se las das también mías.
Y tú también las recibes
de tu afectísima amiga,
que te aprecia y que lo es,
Ana García y García».

                        IV

          Cabrera

Donde Dios nos dé un campo deleitoso
levantamos los hombres una ermita,
que así como el Edén es delicioso
porque el Señor lo habita
el campo es más hermoso
cuando el Dios que lo hizo lo visita.
Dios quiso un día derramar verdura
sobre los campos de Cabrera amenos,
y aquella casta de la sangre pura,
la rica casta de los hombres buenos,
aquellos que la vida atravesaron
con paso de viajero que no yerra,
una ermita en Cabrera levantaron,
y vivieron con Dios sobre la tierra.
Era la raza cuya muerte lloro
cuando con Dios para llorar me encierro,
almas de acero, corazones de oro,
pechos de cera y miel, brazos de hierro.
Hijos de Dios y para Dios criados,
conocieron a Dios; fueron piadosos;
pidieron solo pan; fueron honrados;
el mundo no los vio; fueron dichosos.
Con Dios vivir supieron,
y en Dios al fin morir. ¡Cuán sabios fueron!

Eran los campos su vivienda hermosa;
los del hogar, sus pensamientos fijos;
su eterno amor, la esposa;
su eterno afán, los hijos;
su instrumento, el arado;
el bien querer, su natural deseo;
y el bien obrar, su natural estado,
y el Cristo de la ermita de Cabrera,
su rey, su amor, su providencia era.
La mano tosca y dura
del anónimo artista
que labrara la bárbara escultura
supo infundir en ella,
con sublime inconsciencia de vidente,
las grandezas insólitas de aquella
fe gigantesca de la vieja gente.
Era el sagrado leño
la visión infantil, místico sueño,
mayestático símbolo imponente
de la robusta concepción cristiana
del alma ruda y sana
que a Cristo-Dios en la conciencia siente.
¡Nuestro Cristo es aquél! Nos lo legaron
los rudos patriarcas
que vivieron con Él y a Él consagraron
las nativas y fértiles comarcas.

¡Nuestro Cristo es aquél! Éramos niños
y los maternos labios rumorosos
que cantando difunden los cariños
y besando los sellan amorosos,
nos cantaban con música de gloria
y habla de oro que la suya era,
la de prodigios peregrina historia
del Cristo de la ermita de Cabrera.
¡Nuestro Cristo es aquel! ¿Qué hermano mío
en mi Patria nació que no haya amado,
si Dios para el amor los ha criado
y siempre al bien su voluntad dispuesta
hace nacer a la mujer honesta
en la tierra feliz del hombre honrado?
¿Y quién que tuvo amores
en al tierra feliz de mis mayores
del idilio amoroso no escribía
la página primera
en aquella famosa romería
del Cristo de la ermita de Cabrera?
¡Nuestro Cristo es aquel!

autógrafo

José María Gabriel y Galán


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