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    LA MONTAÑA

¡Hablemos, atalaya gigantea!
Desde tu inmensa altura,
¿me verás muy pequeño en esta hondura
del valle estrecho en que mi choza humea?
¿Verdad que para ti somos iguales
el hombre de la choza
que, sentado en sus míseros umbrales,
la gran visión de tus grandezas goza,
y el último volátil insectillo
que se posa en el último ramillo
del árbol más enteco,
del menos admirado bosquecillo,
de tu más olvidado recoveco?

¡Es tanta tu grandeza!...,
tan soberbia tu historia, tan altiva
levantas y tan alta la cabeza,
que solo pequeñez, solo pobreza
verás en lo de abajo desde arriba.

Te engendró trepidando el terremoto,
¡reina de las montañas!,
y por la boca del abismo ignoto
la tierra te parió de sus entrañas,
rugiendo de dolor su seno roto.

Viniste a la vida,
no tremiendo con trémulos vagidos,
sino cantando la jamás oída
formidable canción de tus rugidos.
Y transpiraste en tu alentar inmenso
soberbias espirales
que cegaron el éter de humo denso.
Y tu loca niñez, brava y ardiente,
envolvióse en pañales
que eran manto de lava incandescente...

Luego imprimieron sobre ti sus huellas
los días creadores
de las fecundas primaveras bellas,
las que en tierra feraz siembras las flores
como Dios en el cielo las estrellas.
Tu ardiente aliento, destructor por fuerte,
fue brisa luego, de frescura henchida,
y aquel tu arrollador fuego de muerte
trocóse en fuego incubador de vida.

Y una robusta juventud briosa
sembró tus cumbres y cuajó tus faldas
de lluvia lujuriosa,
de boscaje espumante de guirnaldas.

Enamorada del soberbio nido
vino a incubar sobre tu haz la vida,
vino a habitarte el concertado ruido,
vino a vivir de tu vivir henchido
toda pareja por instinto unida.

Por tus gargantas hondas
rodó el torrente flagelando peñas,
hinchando espumas y mojando frondas;
erró la fiera entre tus hoscas breñas,
el cabrero salvaje
incrustó su majada en las risueñas
orillas agrias del corriente aguaje,
y alegraron sus cuestas los apriscos,
y hubo nidos de pluma entre el ramaje,
y cuevas de reptiles en los riscos...

Y en tus noches ardientes
te arrullaron graznidos estridentes
de búhos en el árbol apostados,
y bramidos dolientes
de ciervos encelados;
y te bañastes en el mar de oro
de las auroras puras,
oyendo el himno del vivir sonoro
del de las aves incontable coro
que habitaba tus densas espesuras...

Cantares de cabreros,
zumbar de regatuelos espumosos,
balidos lastimeros
de cabritos nerviosos,
silbos de águila osada
que de éter embriagada
se cierne sobre ti cerca del cielo,
delineando con redondo vuelo
el nimbo de tu cresta coronada
de riscos y de nieve inmaculada...

Todo vivió cantando como pudo
tu vida fuerte, formidable y ruda,
de cuerpo virgen ante el sol desnudo,
y tú, serena y muda,
como quien todo lo abarcó y lo encierra,
por el éter sutil ibas rodando
en tus lomos gigantes soportando
la mitad de la vida de la tierra.

El bello sol naciente
siempre el beso primero
puso amoroso en tu soberbia frente;
siempre su adiós postrero
te quiso dedicar el sol poniente...
¡Con qué gigante majestad rendida!
os amáis los gigantes de la vida!
¡Qué pequeño verás desde tu altura
al hombre de la choza
que tus regias grandezas canta y goza
hundido en las honduras de esta hondura!

Eres grande, ¡oh montaña!,
y rica con espléndida riqueza;
tienes oro en la entraña
y corona de plata en la cabeza...
¡Pero yo soy más grande! ¡Yo más fuerte!
¡Yo más rico que tú!... ¡Yo he de vencerte!
No en la entraña metales brilladores,
ni en la frente coronas temporales:
¡tengo en el corazón fragua de amores!
¡Tengo en la frente fragua de ideales!
¿Y qué volcán tuviste tan ardiente
como el humano corazón que ama?
¿Ni qué encendida llama
radiará luz tan pura y esplendente
como esta que mi espíritu derrama?

¡Tú envejeces! La nieve de tu cumbre
que ya ha apagado tu prístina lumbre
me dice que declinas,
que ya helada caminas
de tu vivir hacia el helado invierno...

¡Tú tienes que morir! ¡Yo soy eterno!
Mas ¿para qué conmigo compararte,
soberbio monstruo inerte,
si del cogüelmo de mi vida, el Arte
te está dando una parte
porque no te confundan con la muerte?

Y, en fin, mole dormida,
aunque sintieras como yo la vida,
me envidiaras, sin duda,
¡porque yo sé cantar y tú eres muda!

autógrafo

José María Gabriel y Galán


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