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    LA VELA

                        I

La moza murió a la aurora
y el mozo no sabe nada,
que más temprano que el día
se levantó esta mañana,
y alma blanda y cuerpo recio
bregando están en la arada
con una pena muy honda,
con una tierra muy áspera.

A ratos desmaya el cuerpo
y el alma a ratos desmaya,
y ya cuando al surco caen
aquellas gotas de agua,
no sabe el mozo de fijo
si son sudores o lágrimas,
que si el alma mucho sufre
y el cuerpo mucho se afana,
ruedan en uno fundidos
jugos del cuerpo y del alma.

¡Qué tarde aquella tan triste!
¡Las nubes son tan opacas!...
¡Están los campos tan mudos!...
¡Están las tierras tan pardas!...
Y la idea de la vida
¡es tan borrosa y tan vaga!

Parece que Dios se ha ido
del yermo que antes llenaba
y el alma se siente sola
en el centro de la nada.

¡Señor, que todo lo llenas!
¡Señor, que todo lo abarcas!
¡No dejes solo el terruño
y a tus edenes te vayas,
que en el terruño vivimos
con el pan de la esperanza
aquel gañán que perdiera
sus dichas esta mañana
y este hijo fiel que en el surco
con las alondras te canta!

                        II

¡Qué pobremente la entierran!
La llevan en unas andas
cuatro viejos que en el campo
por viejos ya no trabajan,
y solo siete mujeres...
han podido acompañarla,
que al yugo de sus trabajos
están las gentes atadas.

La marcha a veces suspenden
porque los viejos se cansan
y en el suelo depositan
la pesadísima carga,
mientras el sudor se enjugan
de sus venerables calvas.

Llegaron al campo santo
cuando aquel gañán llegaba
ya con el último surco
del campo santo a la tapia,
que araba el muchacho en tierras
al cementerio rayanas
porque en vida y en amores
piensa no más el que ama.

Los bueyes humedecieron
la pobre musgosa tapia
con el largo resoplido
de la postrera parada;
y el mozo, extático y mudo,
con ojos llenos de lágrimas,
vio turbiamente las luces,
vio turbiamente las andas,
y oyó el caer de la tierra,
y vio que se arrodillaban
los viejos y las mujeres
murmurando una plegaria...

Cayó el mozo de rodillas,
una mano en la aguijada,
otra mano en la mancera,
un dogal en la garganta,
y en el corazón un nudo,
y un mar de hiel en el alma,
—¡Ni una velita siquiera
que tengo para alumbrarla!
Así, con honda ironía,
dijo el gañán sin palabras.

Si hubiese alzado a los cielos
la triste turbia mirada,
viera mansamente ardiendo
con trémula luz opaca
el aguijón que guarnece
la enhiesta, recta, aguijada...

autógrafo

José María Gabriel y Galán


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