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    PRESAGIO

                        I

¿Ves ese tronco, Agustina,
que en el hogar se calcina
y da a mis miembros calor?
Pues es el de aquella encina
del valle de Fuenmayor.

No mataron sus vigores
ni el cuchillo de la helada
ni el dogal de los calores,
sino la mano pesada
de los años destructores.

Allá, cuando Primavera
verdes los campos ponía,
y mi alegre pastoría,
derramada en la ladera,
desde el valle se veía,

viví como un rey en él
de esa encinita a la sombra.
¿Dónde hay tronco como aquel?
Hierba y flores por alfombra,
y amplias ramas por dosel.

Allí aprendí a meditar
y sentí las embriagueces
del alto y puro pensar,
y por gozarlas cien veces
por eso aprendí a cantar.

Y sonaron mis canciones
a ruido de hojas de encina,
arpa ruda cuyos sones
dieron al alma emociones
y al estro voz peregrina.

En julio, el abrasador,
cuando a la ruda labor
iba con mis segadores
a aquellos alrededores
del valle de Fuenmayor,

esa vieja venerable,
único asilo habitable
de la abrasada llanura,
me daba sombra agradable
con hábitos de frescura.

Porque el que puso en el cielo
un sol que calcina el llano,
pone una sombra en el suelo,
como en el dolor humano
pone de la fe el consuelo.

Y aquella encina frondosa
que en las gayas estaciones
me dio música amorosa,
cuya dulzura sabrosa
cayó sobre mis canciones,

diome después, en estío,
fresco dosel protector,
y ahora, que invierno sombrío
me tiene yerto de frío,
presta a mi cuerpo calor.

                        II

Así fuiste tú, mujer.
Me diste en las primaveras
de aquel encantado ayer
las poéticas primeras
impresiones del querer.

Y así como la armonía
que de la encina caía
se derramó en mis canciones,
tu amor en el alma mía
vertió mundos de ilusiones.

Después, cuando me agobiaba
la dolorosa fatiga
de un vivir que ya se acaba,
tú fuiste la sombra amiga
donde el alma descansaba.

Y ahora, que ya está conmigo
del alma el invierno helado,
que es su postrer enemigo,
viviendo estoy amparado
de tu cariño al abrigo.

Yo tengo miedo, Agustina,
que el tiempo que se avecina
me busca amenazador...
¡Ay, que ya murió la encina
del valle de Fuenmayor!...

autógrafo
José María Gabriel y Galán


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