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    GANADERO

Tiene un viejo caballote,
de gigantesca armadura,
buen correr, mala andadura,
largo pienso y alto trote.

Tiene dos perros de presa
de ancha boca bien dentada,
por si una res empicada
se desmanda en la dehesa.

Tiene dos galgos zancudos
de ojos vivos como chispas,
flacas cinturas de avispas
y curvos dorsos huesudos:

dos destructores crueles
de las liebres y los panes,
pues corren como huracanes
y comen... como lebreles.

Tiene... nada a lo moderno:
perdiz en ancho jaulón,
escopeta de pistón
y polvorines de cuerno.

Y tiene tan larga capa,
tan ancha capa de paño,
que al caballote castaño
nalgas y cuello le tapa.

Gran pensador de negocios,
ladino en compras y ventas,
serio y honrado en sus cuentas,
grave y zumbón en sus ocios,

vividor como una oruga,
su vida de siempre es esta:
con las gallinas se acuesta,
con las alondras madruga.

Clavado en la dura silla
de su viejo caballote,
se va a Extremadura al trote
y al trote toma a Castilla;

y toma allá montaneras,
y arrienda aquí espigaderos,
y busca allá invernaderos,
y goza aquí primaveras,

y viene y va con ganado,
y vende, y vuelve a arrendar,
y paga y vuelve a criar...
y siempre está atareado.

Y entre tantos trajinares,
aun puede al año unos días
lucirse en las romerías
de los rayanos lugares;

porque el intrépido charro
juega tan bien a la calva,
que no hay en tierra de Alba
quien no respete su marro.

Ni hay labrador ni vaquero
que de tan brava manera
coja una manta torera
y eche a rodar un utrero.

Nadie como él ha lucido
yeguas en las «cuatropeas»,
y mantas en las capeas,
y marros en el ejido,

rumbos, en las romerías,
maña en los retajaderos,
fuerzas en los herraderos,
y enas tientas, valentías.

Pocas habrá tan certeras
cual sus sagaces miradas
para arrendar otoñadas
y calcular montaneras,

pesar un novillo «a ojo»,
vender oportunamente,
saber observar prudente,
saber mirar de reojo...

Mas, ¡ay, que todo declina!
Ya no baila, ni capea,
ya no lucha ni pulsea,
ya va viejo, ya se arruina...

Ya con su grave figura
y su aspecto, antes bizarro,
sombras de aquel cuerpo charro
que fue broncínea escultura...

¡Y no hay que hacerse ilusiones,
porque al charro más valiente,
se le arruga la frente...
se le arrugan los calzones!...

autógrafo
José María Gabriel y Galán


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