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        RAIMUNDO LULIO
        TERCERO
        LA CITA

La negra noche su enlutado manto
por la serena atmósfera tendía
con inefable y misterioso encanto.

¡Cuánta tristeza y cuanta poesía
en el herido corazón despierta
ese adiós melancólico del día!

La luz crepuscular, pálida, incierta,
que pasa, se amortigua y desvanece
cómo recuerdo de esperanza muerta;

la muda sombra que impalpable crece,
y a semejanza del dolor humano
todo lo apaga y todo lo obscurece;

aquel reposo, de la muerte hermano,
que extingue los latidos de la vida
en la selva, en la cumbre y en el llano,

aquel suave silencio que convida
al sueño; aquella soledad suprema,
a la paz del sepulcro parecida;

el fulgor de la luna, casto emblema
del doméstico hogar puro y honrado,
que alumbra y da calor, pero no quema;

el infinito espacio, tachonado
de innúmeras estrellas que el camino
señalan de otra patria al desdichado,

y son el jeroglífico divino
que en la bóveda inmensa Dios imprime
para enseñar al hombre su destino:

todo es en ti patético y sublime,
¡oh noche augusta! para el alma inquieta
que duda y ama, que medita y gime.

Esperé, pues, con la ansiedad secreta
del que sueña en cercanas alegrías,
a que la lobreguez fuese completa,

y dando sueka a las pasiones mías
perdime entonces, de temor ajeno,
por calles solitarias y sombrías.

Insensible mi espíritu sereno
a los siniestros cuentos y consejas
que inventa el vulgo, de aprensiones lleno,

altivo, con la capa hasta las cejas
y la mano en el pomo de la espada,
palpitando de amor llegué a tus rejas.

Tú aguardabas allí, triste, callada,
inmóvil, como estatua misteriosa
en su lecho de piedra incorporada,

y al verme, con palabra recelosa,
tenue como el suspiro comprimido
que del deshecho corazón rebosa,

—¡Cuán desgraciada soy! Habéis venido,—
dijiste, alzando la mirada al cielo
y arrancando del alma hondo gemido.

—¿Tanto me aborrecéis, que os causa duelo
mi presencia —exclamé— cuando en el mundo
cifro en vos, sólo en vos, todo mi anhelo?—

—Quizás os pese y lo lloréis, Raimundo,—
respondiste con voz solemne y grave
como el último adiós del moribundo.

Llegué a tu puerta, rechinó la llave,
abrió y entré. Lo que en aquel momento
pasó dentro de mí, nadie lo sabe.

La rápida explosión de mi contento
tan recia fue, que atónito y confuso
detuve el paso hasta cobrar aliento.

¡Con qué placer mi corazón iluso
vio entonces acortarse la distancia
que tu rigor entre nosotros puso!

Sobrecogido penetré en tu estancia,
en aquella mansión tranquila y pura
como los castos sueños de la infancia.

De una lámpara de oro la insegura
y vacilante luz, con noble empleo
alumbraba de lleno tu hermosura.

¡Ay! a despecho de la edad, aún veo
tu imagen melancólica y esbelta
como jamás la sospechó el deseo.

En níveo traje desceñido, envuelta,
por tu gallarda espalda descendía
la cabellera destrenzada y suelta.

Tu mirada, fijándose en la mía,
intensa como el rayo y penetrante
la sangre de mis venas encendía.

Tímida, ruborosa y anhelante,
con la impresión de la inquietud y el miedo
retratada en tu angélico semblante,

me viste aparecer, y con el dedo
mostrándome un sitial, por vez primera
tu labio me llamó, quedo, muy quedo.

Y al pronunciar mi nombre, tu voz era
como arrullo de tórtola que anida
y al tierno esposo enamorada espera.

De impaciencia y temor el alma henchida,
obediente moví la débil planta,
y a tus pies me postré, luz de mi vida.

A tus pies me postré; pero con tanta
agitación, que demudado y frío,
sentí ahogarse la voz en mi garganta:

hasta que al fin, como el hinchado río
que se desborda y precipita ciego,
estalló sordamente el amor mío.

Y estalló con sus cláusulas de fuego,
con su expresión incoherente y rota
por el halago, y la pasión, y el ruego;

con ese dulce cántico que brota
al fecundo calor de una mirada,
y lleva una ilusión en cada nota;

con esa breve frase entrecortada
que al morir en los labios adivina
el corazón de la mujer amada,

música de las almas, peregrina,
que con suspiros trémulos empieza
y con vibrantes ósculos termina.

No sé lo que te dijo mi terneza
entonces: sé que al escuchar mi acento
doblaste blandamente la cabeza;

sé que en tu irresistible arrobamiento
más de una vez, a tu pesar, sin duda,
se confundió tu aliento con mi aliento;

sé que en aquella prueba áspera y ruda,
tú, en amorosas lides inexperta,
debiste al cielo demandar ayuda;

sé —y al profundizar mi herida abierta
aún abundantes lágrimas derramo—
que conmovida, fascinada, incierta,

como pobre avecilla que al reclamo
acude presurosa, me dijiste
en mis brazos cayendo: —¡Te amo! ¡Te amo! —

¿Qué más pude escuchar? ¿Ni quién resiste
al grato influjo de la voz querida,
a un tiempo mismo apasionada y triste?

Dentro de mí se engrandeció la vida,
y ante mis ojos fulguró cercana
la dicha ansiada y nunca conseguida.

Y te abracé con fuerza sobrehumana,
y mis labios ardientes dejé impresos
¡ay! en los tuyos de encendida grana.

Y sentí penetrar aquellos besos
que arrebataba a tu inocencia esquiva,
cual plomo derretido, hasta mis huesos.

Ya, redoblando mis esfuerzos, iba
a vencer tu virtud lánguida y yerta,
cuando de pronto sacudiendo altiva

la noble frente de rubor cubierta,
me rechazaste atónita y convulsa
exclamando: —¡Jamás! ¡Primero muerta!—

Como es ciego el amor que nos impulsa,
tomé por la postrera llamarada
del pudor vacilante tu repulsa.

Y te busqué otra vez y acongojada
reprimiste otra vez mi atrevimiento,
diciéndome con voz ronca y ahogada:

—¡Soy débil, perdonadme! En vano intento
sofocar mi pasión, que ya no puede
permanecer oculta. ¡Harto lo siento!

Dios no permite que en la sombra quede
comprimido este afán que me consume:
el alma mía a sus impulsos cede.

Y cual la violeta que presume
de modesta y humilde, aunque se esconda
revela donde está con su perfume,

es inútil querer que no responda
al fuego inextinguible en que me abraso,
mi agitación desordenada y honda.

Sabedlo, pues; pero olvidadme. ¿Acaso
debo pensar en el amor terreno,
yo, moribunda y triste ave de paso?

Esto soy, esto ansiáis, este es el seno
donde la muerte os pareciera hermosa.
Ved lo que guarda. ¡Podredumbre y cieno!—

Y con mano alterada y temblorosa
descubriste tu pecho carcomido
por repugnante llaga cancerosa.

—¡Ay! dijiste cayendo sin sentido
al contemplar mi horror: —¿Me amabais tanto,
que a robarme la vida habéis venido?

Yo, mudo de estupor, con el espanto
pintándose en mi faz desencajada,
pudiendo apenas reprimir el llanto,

vi deshacerse en polvo, en humo, en nada,
mis ensueños, mi gloria, mi alegría,
el encanto del alma enamorada.

Y sentí, bajo el golpe que me hería,
vacio el corazón, vacío el mundo,
hasta la misma inmensidad vacía.

Trastornose mi vida en un segundo,
y como aquél a quien del sueño arranca
dolor extraño, insólito, profundo,

dando a mi exaltación salida franca,
¡Blanca! —gemí desesperado, al verte
caer cual ave herida: —¡Blanca ¡Blanca!

¡Oye mi ruego! ¡Unamos nuestra suerte!—
Mas ¡ay! que sólo al llamamiento mío
contestaba el silencio de la muerte.

En mi airado y frenético extravío,
de Dios y de los hombres olvidado
cogí en mis brazos tu cadáver frío,

Y le estreché con furor y arrebatado
besé tu boca lívida, aún caliente,
como nido recién abandonado.

Y así hubiera seguido eternamente
abrazado a tus míseros despojos,
ajeno a todo, a todo indiferente,

helado el corazón, turbios los ojos,
si no hubiera sentido de improviso
rumor de gente y ruido de cerrojos.

Piadoso el cielo, con aquel aviso
quizás volverme la razón perdida
y poner fin a mis angustias quiso.

Otra vez, en señal de despedida
posé mis labios en tu faz serena,
y en aquel beso te dejé mi vida.

Salí. La noche transparente, llena
de reposo, insultaba mi tormento
y parecía escarnecer mi pena.

Templó mi fiebre abrasadora el viento
bullicioso y sutil, y más tranquilo
dijo en la soledad mi pensamiento:

—¡Mundo engañoso, adiós! Rompiose el hilo
que me ligaba a ti, y en su regazo
la religión me prestará un asilo.

Unió la muerte con estrecho lazo
nuestras almas ¡oh Blanca de Castelo!
Mi senda es fatigosa; pero el plazo
breve y seguro. ¡Espérame en el cielo!

10 de Febrero de 1875.

autógrafo

Gaspar Núñez de Arce


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