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  DANDO LOS DÍAS A CINTIA

En profundo letargo
Torpemente yacía,
Olvidado de musas,
De Parnaso, y de ninfas;
Cuando al son de una trompa,
Sonora como fina,
Veo que se conmueve
Cuanto en el Orbe habita.
Las fieras se amansaban
Y llegaban a oírla
Como tiernos corderos,
O dulces avecillas;
Los árboles erguidos
Doblaban sus crecidas
Copas, y sus raíces
A fuera se salían;
Verías ablandarse
Hasta las jpiedras mismas;
Y al Sol como suspenso
Al oír su armonía.
Confuso, y admirado
Quedé, pues no sabía
De donde proviniese
Música tan divina.
¿Si será Garcilaso?
Entre mí repetía:
¿Si Herrera, o Figueroa?
¿Si Villegas, o Ercilla?
Mas no, que éstos murieron;
Y de aquellas cenizas
Ningún fénix he visto,
Por quien ellos revivan.
¿Será sin duda Huerta,
Que en Madrid se apellida
Jefe de los Poetas,
Y Ovidio de estos días?
¿O será de Meléndez
La bien templada lira,
De los iberos gloria,
De los demás envidia?
No, no es, con aspereza
Apolo me replica,
Ninguno de ios muchos,
Que tu mente imagina:
Porque es un Hijo mío,
Que en la plácida orilla.
Del Nise está alabando
A la agraciada Cintia.
Canta su natalicio
Con frases expresivas
Y con un entusiasmo,
En que nadie le imita.
Álvaro es el ejemplo,
Que mi favor te indica,
Ya este maestro quiero,
Que con firmeza sigas:
Toma ya tu instrumento,
Con el sayo lo afina;
Y celebra, si puedes,
Lo grande de este día.
Me hallé cortado, y mudo
Por ver que competían
Lo grande del precepto,
Y la torpeza mía:
Pero, viendo que cumple.
Quien hace, y no replica,
Así solté el acento
En loor de la ninfa:
«El Cielo, que en sus ejes
Con velocidad gira,
Arrebata los años,
Y las humanas vidas,
Este día nos traiga
Con vueltas infinitas
Para que lo gozemos
Con inmensa alegría.
Nunca en tu rostro veas
La frescura marchira,
Por más que el Tiempo quiera
Con años destruirla;
Que se aventajen estos
Al número de linfas
Del mar, o al de las hojas
Que en las selvas se crían.
Y que todas las cosas,
Que a tu ventura aspiran,
Las logres con usura,
Las goces sin medida...»
Quise seguir; mas débil
Alcanzar no podía
El resonante aliento
Con que Álvaro respira.
Dejé al punto mi trompa;
Y él, cual águila altiva,
Se escondió entre las nubes
Con rapidez no vista,
Tal es su canto heroico,
Tal es mi voz sencilla;
Y así vuelvo al letargo,
Que al principio tenía.

autógrafo

Gaspar María de la Nava Álvarez, Conde de Noroña


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